martes, 4 de junio de 2013

Capítulo 3

— Tengo mucho calor, ¿Salimos fuera un rato? – Pregunté abanicándome la cara con la mano. Me miró divertido y me besó en el cuello repetidamente. Me encogí por las cosquillas y lo cogí de la mano. Nos arrastramos a través de la gente hasta la terraza. Cuando salimos el aire frío me relajó al instante, bajando la temperatura de mi cuerpo. Sentí que podía respirar mejor sin la acumulación de gente.
Nos quedamos de pie, moviéndonos lentamente y besándonos. No quiero que esta noche acabe por nada del mundo. ¿Por qué no me habré traído mi moto? Podría irme cuando quiera, sin tener que depender de Lil. No me voy a ir con él, si quiere verme tendremos que hacer planes. Porque sé que si me voy con él no me querré separar nunca y este fin de semana se supone que lo paso con mis amigas, no sería justo para ellas.
— ¿Cómo te gustan los chicos? – Me preguntó, sacándome de mis cavilaciones. Me reí y lo miré atentamente, fijándome en esos ojos increíbles. Coloqué las manos en sus mejillas y lo giré hacia la luz para observar el color de sus ojos. Eran de color azul verdoso muy claros, casi transparentes. Eran increíbles, me quedé embobada mirándole. Una sonrisa se dibujó en su cara y se acercó buscando mis labios. Los encontró sin esfuerzo alguno.
— Los chicos me gustan… a ver, no tengo un tipo concreto: ojos tal, color cual, y tal para cual, NO. Simplemente tengo debilidad por los ojos claros, mucha debilidad. Por los tuyos, aparentemente, aún más – Me miró avergonzado y rocé mi nariz con la suya cariñosamente – Ya te lo he dicho, lo primero en lo que me dijo es en los ojos y los claros me emboban, pero eso no significa que no me gusten los ojos oscuros. Una cualidad que me encanta en los chicos, y que tú tienes, es la modestia. No soporto a los creídos. Por eso me encantas, porque no tienes ni idea del efecto que tienes sobre mí. Luego me fijo en los brazos – Mientras hablaba, bajé mis manos de su cuello hasta sus brazos. ¡Dios! Sí que está fuerte. No es musculoso como el moscardón, eso era demasiado, él es perfecto. Tiene una bola bastante grande, y tiene los brazos grandes, justo como me gustan. Apreté mi agarre en sus brazos y me asombré de lo fuertes que eran. Me miraba con una sonrisa curiosa.
— ¿Y te gustan los míos? – Preguntó cauteloso, como si no supiera qué esperar de mi respuesta. Me puse a reír.
— Solo te voy a decir una cosa. Eres la definición de mi chico perfecto – Solté antes de pensar. Su sonrisa se agrandó tanto que estaba segura de que le dolía. Me besó con tantas ganas que tuvo que acogerme entre brazos porque perdí fuerza en las piernas. Nos reímos durante el beso y me mordió el labio inferior – Entonces – Añadí, bajando las manos por su espalda hasta llegar a su trasero. Coloqué las manos en los bolsillos traseros de sus pantalones – Me fijo en la parte de atrás, y por cierto, me encanta la tuya – Susurré contra sus labios. Antes de poder coger aire, ya tenía sus labios sobre los míos y sus manos resbalando por mis costados, dirigiéndose al mismo lugar que mis manos.
— A mí también me gusta tu parte de atrás, de hecho, toda tú. Eres increíble – Me susurró, pellizcando mi trasero. Salté sorprendida, y me puse a reír.
— ¿Y a ti cómo te gustan las chicas? – Pregunté cuando conseguí separar sus labios de los míos, con mucha dificultad, obviamente. Este hombre me hace suspirar por él, no puedo evitarlo, ¿cómo puede ser tan perfecto?
— A ver… Me gustan morenas, con los ojos pintados de azul – Me miró fijamente y colocó las manos en mis mejillas para observarme mejor. Suspiré y lo besé.
— Mentiroso – Contesté, empujándole el pecho ligeramente. No fue muy eficaz, ya que se apretó más contra mí, aunque lo que yo quería era estar más cerca… Entonces sí que fue eficaz – Cuéntame algo sobre ti – Añadí, mientras jugaba con el cuello de su camisa blanca. Hasta va bien vestido, no me había fijado hasta ahora. Lleva una camisa blanca y unos tejanos. Me encanta todo de él.
— Pues soy deportista… me gusta el Barça, el Piqué y la Shakira – Lo miré sorprendida y me aparté ligeramente. Levanté las cejas en su dirección.
— ¿No te gustaban morenas? Shakira es rubia – Solté, pareciendo una novia celosa. Por lo visto le gustó, porque sonrió como un niño pequeño consiguiendo un juguete nuevo. Me aparté más y lo miré falsamente enfadada. En realidad no estoy enfadada, pero quiero que lo piense. Quiero saber qué dice para excusarse, a ver si es tan bueno con las palabras ahora. Es un pequeño reto. Lo miré desafiante mientras se reía.
— No, es teñida – Soltó, sorprendiéndome. Esa no me la esperaba. Negué con la cabeza.
— No vas bien – Contesté rápidamente mientras se me escapaba una sonrisa, así que me giré para que no pudiera ver que en realidad me estaba riendo. Me miró con ojos de cachorro, lo vi por el rabillo del ojo, pero me negué a girarme. Noté sus labios sobre mi cuello, haciéndome cosquillas con la barba.
— No te preocupes, para mí solo hay una mujer y es morena morena, morenaza – Susurró en mi oído, consiguiendo que me encogiera de las cosquillas y del placer. Suspiré aliviada. Así mejor – Y no hay otra para mí, ni la habrá nunca, no después de haberte conocido. No puedo mirar a nadie más, no creo que exista una mujer más perfecta – concluyó, besándome con un cariño insuperable. Se me aguaron los ojos y tuve que separar nuestros labios para poder controlar mi respiración.
— ¿Podemos… Sentarnos? – Pregunté sin aliento. Me miró divertido y asintió. Vio un espacio donde podíamos sentarnos y me condujo hacia allí colocando un brazo en mi cintura.
Se sentó y me indicó que me sentara en su regazo, lo miré con las cejas levantadas sin moverme.
— Peso mucho – Contesté, intentando buscar algún lugar donde sentarme, pero estaba todo ocupado. No tenía más remedio que sentarme en su regazo. No es que no me guste, de hecho me encanta, pero no quiero aplastarlo. Solté una risita ante sus brazos extendidos y me senté cautelosamente. Noté su brazo en mi espalda y luego el otro debajo de mis rodillas. Entonces me acercó más a él, sorprendiéndome. Jadeé y me reí.
Coloqué mi brazo derecho alrededor de su cuello y soltó su agarre de mis piernas, pero no de mi espalda. La mano que había dejado libre la colocó en mi mejilla izquierda y me miró atentamente.
— Eres preciosa, tienes una carita… Estoy seguro de que saliste de casa sabiendo que ibas a ligar hoy. Porque con una mirada conseguirías a todos los chicos que te propusieras. Si no me hubieras visto o no me hubieras necesitado para salvarte de ese pelmazo, probablemente hubieras acabado con otro – Dijo, al cabo de un rato de silencio. Negué con la cabeza y lo besé tiernamente.
— No soy de esas. No soy de besarme con cualquiera, no voy a buscar líos. Soy una chica de relaciones estables, no me gusta la incertidumbre de saber si va enserio o no. Y estoy más que segura de que si no te hubiera visto o necesitado, me hubiera ido por el mismo lugar por el que me iré hoy, pero con una diferencia, con la cabeza completamente libre de chicos. Eso no va a pasar hoy, porque estás encerrado en mi mente y no creo que te pueda sacar muy fácilmente. Y no, no tenía pensando ligar esta noche, exageras muchísimo de nuevo – Confesé mirándolo directamente a los ojos. Me miró asombrado y me besó y besó y besó.
De repente, paró y miró hacia delante. Vi que había un grupo de dos o tres chicos mirándonos divertidos. Por la sonrisa en la cara de Alex, eran sus amigos. Les sonreí y les saludé con la mano.
— No quiero molestar, pero ¿Has visto al peluquero? – Preguntó el que estaba más cerca, haciendo un gesto con la mano, pasándosela por la cabeza como si se peinara con un cepillo. Nos miró curioso.
— No, no lo he visto. Estaba un poco MUY distraído – Contestó Alex, mirándome. Lo miré y le di un beso corto en los labios, sonriendo. Cuando me giré ya se habían ido.
— ¿Es calvo? El chico al que buscaba, digo – Me miró con los ojos muy abiertos. Me puse a reír por su expresión. Cuando pone esas caras de cachorro o de niño inocente no parece que tenga 25 años.
— Las pillas al vuelo, de nuevo. Me encantas, no dejas de sorprenderme – Susurró contra mis labios mientras se reía. Me hacía cosquillas con la barba. Me puse a reír tontamente y me aparté de sus labios – ¿Qué pasa? – Preguntó curioso y divertido, me miraba de tal manera que notaba como si me faltara poco para deshacerme en un charco en el suelo.
— Me haces cosquillas con la barba – Canturreé aún riéndome. Sonrió y rozó su mejilla con la mía, provocando risas de los dos.
— ¿Dónde exactamente te hago cosquillas? – Preguntó coqueto, mientras distribuía besos por mis hombros. Coloqué todo mi pelo largo sobre mi hombro izquierdo para que él tuviera todo mi cuello a su disposición. No desaprovechó ni un segundo y empezó a besarme el cuello cariñosamente, no me mordió ni una vez como había hecho yo repetidas veces. Que caballeroso.
— Me haces cosquillas aquí – Contesté con la respiración entrecortada, señalando coquetamente mis labios. Apartó sus labios de mi cuello para mirarme a la cara, sonrió y me besó los labios lentamente, haciendo bailar mis labios con los suyos. Como si tuviera la urgencia de demostrar que nuestros labios encajaban a la perfección y no debían pasar ni un segundo separados.
— Te comería a besos, enserio – Soltó con un suspiro retenido. Solté una carcajada y me apreté contra él abrazándolo.
— Y yo te dejaría, sin ninguna duda – Le susurré al oído, riéndome. Colocó la mano en mi pierna y con el pulgar iba acariciándola, provocando que mi piel quemara donde él me tocaba – Nunca dejaría de besarte, aunque me duelan los labios – Susurré. Me miró como si mirase a una diosa o algo parecido. Le tapé los ojos con una mano, riéndome. Se puso a reír y sin sacar mi mano de sus ojos buscó mis labios, encontrando mi nariz, mi mejilla y finalmente mis labios. Nos reímos y aparté mi mano de sus ojos mientras me besaba.
— ¿Qué es esto? – Preguntó mientras jugaba con la cadena de mi cuello. Sus dedos rozaban la base de mi garganta, provocándome escalofríos.
— Llevo tres colgantes, uno de ellos es el símbolo budista que significa todo y nada, me lo regaló mi tía estas navidades – Contesté mientras tocaba el símbolo plateado con una sonrisa – La piedra azul cielo es una Aguamarina de Tailandia, también regalo de mi tía, pero esta vez por mi cumpleaños y el último – Continué, pero me cortó a media frase.
— Deja que adivine, de tu comunión, con tu nombre escrito por delante y… detrás… A ver, ¿la fecha y el nombre de tus padres? – Preguntó, mirando el colgante dorado rectangular. Negué con la cabeza y le di la vuelta.
— Sí, de mi comunión, con mi nombre grabado como has podido ver, pero detrás está el nombre de mis tíos – Sonreí, y él me miró soñadoramente. Nadie me había mirado como me mira él, es indescriptible. No puedo evitar la necesidad de besarlo en todo momento. Tenemos una conexión impresionante, nunca me había sentido tan cómoda con nadie antes. Es como si pudiera ver en mi interior y le gustara lo que viera. Es magnético.
— Si te quito tu cadena, ¿Te vendrías conmigo a… – Empezó la frase y negué rápidamente con la cabeza antes de que acabara la frase, pero oí una voz familiar y me giré.
— ¡Amelia! Estábamos histéricas, pensábamos que ese moscardón te había secuestrado, que susto nos has dado – Gritaron Lil y Alba, acercándose a nosotros y mirando a Alex con curiosidad. Me puse a reír y les sonreí. Me había olvidado de avisarlas, estaba un poco MUY distraída, como comentó Alex con sus amigos.
De hecho, sí que he sido secuestrada, por este guapísimo hombre de aquí – Contesté sonriendo, mientras señalaba a Alex con una mano. Se pusieron a reír pero miraron con más curiosidad aún – Él me ha salvado del moscardón, llamó al de seguridad y lo sacó de aquí. Estamos a salvo, ya podéis relajaros – Continué para saciar su curiosidad. En realidad, este hombre ha hecho algo más que salvarme. Me ha convertido en una idiota, no puedo evitar querer pasar cada segundo con él. Tengo la impresión de que voy a acabar enamorada.
— ¿Sí? Qué suerte, gracias de verdad. Cuando vi que se acercaba directo a nosotras tres me entró el pánico y no supe reaccionar. Suerte que te tenemos aquí siempre para defendernos, me has salvado de bastantes situaciones ya. Te debemos una grande, Ams – Contestó Lil, aliviada. Le sonreí y noté que el agarre de Alex se intensificaba. Supongo que le ha gustado que defendiera a mis amigas, a mí me ha gustado que me defendiera a mí – Ahora que pienso. Él te ha salvado de un moscardón, y para ti es guapo, Ams, ¿Has hecho realidad tu fantasía de todos los tiempos? – Añadió Lil acordándose de repente. Mierda… Espera, ¿qué ha querido decir con que para mí es guapo? Es increíblemente guapo, para mí y para cualquiera.
Le envié una mirada asesina y noté el color subir por mis mejillas y aumentar la temperatura de mi cuerpo. Me negué a mirar a Alex a la cara mientras Lil se reía a carcajadas al darse cuenta de que no se lo había contado. ¡Claro que no se lo he contado! Si nos hemos pasado el tiempo besándonos. Sí, hemos hablado de nosotros, pero no ha salido el tema de mi fantasía hecha realidad. Ni esperaba que saliera, si soy sincera.
Como no dije nada, Alex dio un pequeño apretón con la mano en mi pierna. Seguí sin girarme, entonces me giró él con el brazo que tenía en mi espalda, moviéndome para que lo enfrentara. Nonono, que vergüenza. Son mis fantasías, no tiene que saberlas.
— Ams, ¿De qué está hablando? – Preguntó, mirándome divertido, sin saber qué esperar. Suspiré, mejor soltarlo cuanto antes.
— Verás… Siempre he tenido una fantasía. Ir a una discoteca y cuando me molestara algún moscardón, pedirle ayuda a un chico guapo. Es la excusa perfecta para que se acerque sin necesidad de hacerme la coqueta, ni decir nada apenas. Y hoy ha pasado, un chico guapo me ha salvado de un moscardón – Le expliqué, mirando hacia otra parte. Se puso a reír y le golpeé el hombro. Eso solo consiguió que se riera aún más – Me lo estás poniendo peor, ya me daba vergüenza que lo supieras… Si encima te pones a reír en mi cara me mortifica aún más – Solté tapándome la cara.
— Ni te atrevas a tener vergüenza. La verdad es que yo también tengo una fantasía y trata sobre encontrar a la mujer de mi vida. Y esta noche también se ha hecho realidad. Ahora tengo que dejar de llamarla mujer de mi vida, tendré que llamarla por su nombre, Amelia – Contestó quitándome las manos de la cara y mirándome fijamente a los ojos. No podía creerme lo que estaba diciendo. Me quedé boquiabierta, sin saber qué contestar – ¿Demasiado empalagoso? O ¿demasiado peliculero? – Preguntó intentando conseguir una respuesta por mi parte. Solté una risa y lo besé con todas mis fuerzas. Le mordí el labio inferior y me aparté.
— Un poco pomposo, sí – Contesté cuando recuperé el aliento – Pero me encanta – Añadí riéndome al ver la falsa cara de pánico que puso.
— Es que miro muchas películas de estas pomposas – Respondió riéndose, y yo me reí más, negando con la cabeza.
— Pero, ¿De verdad crees lo de la mujer de tu vida? No soy para tanto, ¿No me estarás idealizando? – Pregunté, mirando mi regazo. Con una mano en mi barbilla subió mi cabeza hasta que sus ojos podían traspasarme con la mirada sin dificultad. Su mirada lo decía todo, era como si me estuviera hablando. No necesitaba que ningunos otros ojos me mirasen, no si tenía a estos tan increíbles robándome el aliento de tal manera. Jadeé.
— ¿Perdona? Eres preciosa, lista, impredecible en el buen sentido, graciosa, cariñosa, y muchas más cosas que me faltan por descubrir. No puedo esperar a saber más sobre ti. Eres una adicción, cada cosa que aprendo me engancha más a ti. Al principio fue tu sonrisa la que me enganchó, luego tu risa, entonces tus besos, y ya llegó tu preciosa e indiscutible personalidad. Eres buena, auténtica y me encanta que me sorprendas con cada cosa que haces. Eres mi mujer perfecta. No me separaría nunca de ti, créeme, nunca – Dijo la última frase con tristeza, cosa que no entendí. No creo que pueda apartarme de él ahora mismo, no sé por qué ha sonado tan abatido cuando lo ha dicho – Entonces, por eso es por lo que esto me parece un sueño, porque te veo a ti y pienso que eres de lo más alto, y me veo a mí y veo que soy de lo más bajo. Y me sigo preguntando qué viste en mí – Añadió, mirando hacia otra parte, avergonzado. ¿Cómo? ¿Qué él es de lo más bajo? ¿Pero este hombre tiene espejos en su casa? No podría ser más perfecto.
— Eres tonto. ¿Tú te has visto? Eres espectacular, eres guapo, nada creído. Eres bueno, y auténtico. Porque si no fueras auténtico no habrías soltado esa frase pomposa, te la hubieras guardado para ti mismo. Lo primero que me llamó la atención de ti fueron los ojos, solo verlos fue magnético. Tenía que conocerte, y cuando me miraste fue increíble, veías a través de mí. Entonces me sonreíste, y ya caí rendida. Pero eso no es todo, cuando hablaste con esa voz sexy y me besaste con esos labios increíbles – Contesté mientras pasaba mi pulgar por sus labios – Me fui dando cuenta de la suerte que he tenido de encontrarte. ¿Sabes lo difícil que es encontrar a tíos como tú? No eres nada creído y eso es lo que me gusta más de ti, entonces entra tu personalidad. Eres bastante impredecible también, tengo que admitir, eres bueno y muy cariñoso. Eres el tío perfecto, tímido. Sé que no nos conocemos desde hace mucho, pero siento como si te conociera desde siempre. Sé que tendremos algunos defectos que no conocemos el uno del otro, pero eso es fácil de averiguar – Seguí, mirando a través de esos ojos hasta el fondo de sus sentimientos.
— Increíble, me dejas muerto – Se aclaró la garganta, intentando recobrar la compostura – Ya que tú has sacado el tema, ¿Cuáles son tus defectos? – Preguntó, riéndose. No podría ponérmelo más difícil ni queriendo.
— Pregunta difícil, déjame pensar… Soy muy cabezona, cuando se me mete algo en la cabeza es muy difícil sacarme la idea. Pero eso en cuanto a chicos es bueno, si se me mete en la cabeza un chico no hay manera de sacármelo, no fácilmente. Ahora que pienso, es malo en según qué ocasiones. Soy muy despistada, y torpe. Suelo intentar ayudar a los demás antes que a mí misma, no me gusta que la gente se preocupe así que embotello mis sentimientos intentando evadirme de ellos. Eso suele acabar mal, porque exploto cuando menos me lo espero y lo paso muy mal. No me gusta nada llorar porque siento que si empiezo no voy a ser capaz de parar. Y soy un poco perezosa, suelo dejar las cosas para último momento – Confesé, mirándolo a los ojos. Me miró con los ojos muy abiertos, como si no se creyera que acababa de soltar mi personalidad entera en unas frases.
— Sueles dejar las cosas para último momento… A mí no me has dejado para último momento, ¿Y eso por qué? – Soltó orgulloso de haberlo notado por sí mismo. Sonreí y le acaricié la mejilla, notando la barba rozar contra la yema de mis dedos.
— Será que eres mi excepción – Solté sin pensar, y juzgando por la sonrisa que se formó en su cara, lo había vuelto a sorprender. Me besó, encerrando mi labio inferior entre los suyos.
— Excepción… Me gusta esa palabra – Contestó mientras me daba otro beso, entonces paró y me miró.
— ¿Y tus virtudes? – Preguntó curioso, acariciando mi espalda cariñosamente. No quiero salir de entre sus brazos nunca.
— Pues… Peor me lo pones. Tengo mucha paciencia, puedo repetir las cosas mil veces si es necesario hasta que me salgan, en eso interviene mucho mi cabezonería. Soy buena escuchando, porque prefiero ayudar a los demás en vez de enfrentarme a mis propios problemas. Soy buena, como has dicho, haría lo que fuera por mi familia y amigos, siempre que necesitan algo soy la primera en ofrecerme a ayudar. Soy generosa, no necesito muchas cosas para ser feliz, con poco me conformo. No soy materialista, prefiero el calor de las personas. Me encanta leer, eso lo considero una virtud. Al leer tanto, tengo memoria fotográfica, muy útil a la hora de estudiar. Soy modesta y tengo la autoestima baja – Me miró con los ojos muy grandes, sorprendido – no me mires así, yo lo considero una virtud. A nadie le gusta una chica que vaya alardeando de lo guapa que es, ¿O sí? – confesé pensativamente. Él negó con la cabeza, asombrado con mis palabras.
— Me encantas, simplemente – Contestó mientras me daba besos en el cuello, consiguiendo una risa tonta por mi parte.
— El cuello es tu punto débil, ¿Verdad? – Asentí con la cabeza, sin confiar en mi voz – ¿Y tú oreja? – Preguntó ladeando la cabeza, respiré entrecortadamente.
— No lo sé, tendrás que averiguarlo por ti mismo – Contesté con voz temblorosa, riéndome.
Empezó a darme besos por el cuello hasta llegar a mi oreja. Me mordió el lóbulo de la oreja y entonces no pude más, me encogí con carcajadas, notando la piel de gallina por todo el cuerpo.
— Decidido, la oreja – Susurró en mi oreja, provocando escalofríos de nuevo. Nos reímos como dos tontos durante un rato – Dame tu teléfono, por favor – Me rogó, poniendo los ojos de cachorrito que tanto me gustaban. Suspiré y cogí su teléfono, que él había sacado rápidamente de su bolsillo. Puse mi teléfono y se lo entregué rápidamente antes de arrepentirme. Me besó y noté su sonrisa contra mis labios, y mi sonrisa salió sin avisar. Me tiene completamente.
— Sigues sin tener mi Facebook – Le recordé, sintiéndome malvada. Miró a nuestro alrededor desesperadamente. Me reí sola mientras miraba con él, vi a Lil bailar con un hombre bastante mayor que ella y la llamé.
— ¡Lil! – Grité por encima de la música para que me oyera, afortunadamente se giró a la primera, sin necesidad de gritar de nuevo. Le sonreí y no dije nada más, para que con la curiosidad de saber qué tenía que decirle se acercara. Exactamente, se acercó, dejando esperando al hombre.
— ¿Qué quieres? – Me preguntó, cruzándose de brazos delante de nosotros. No pude evitar soltar una carcajada.
— ¿Has visto al fotógrafo? – Le pregunté mientras miraba entre la gente. Pero sentada en el regazo de Alex, no podía ver nada.
— Está en la barra, id a ver. Ahora, si me disculpas… – Respondió antes de irse. Me puse a reír de nuevo. Me levanté poco a poco para no marearme y me di cuenta de que tenía las piernas ligeramente dormidas. Si yo tengo las piernas dormidas, no quiero saber cómo las tiene él. Lo miré para darme cuenta de que me estaba mirando a mí, como si tuviera miedo de pestañear y darse cuenta de que era un sueño. Yo me sentía igual. Siento como si estuviera drogada o dormida, como si esto fuera un sueño.
Me bajé la camiseta, que al estar sentada se me había subido. Al ser más grande, se me veía el sujetador fucsia. Vi a Alex por el rabillo del ojo observar justamente eso y me reí. Se acercó y me subió la camiseta para que se no se me viera el sujetador, rozando ligeramente mi pecho con los dedos, provocándome piel de gallina por los brazos y el pecho.
— ¿Por qué me tapas? – Le pregunté inocentemente, mirándolo a los ojos.
— Porque eres mía, y no quiero que ningún otro hombre te mire – Contestó serio. Me puse a reír y me acerqué a él.
— ¿Tuya? ¿Desde cuándo? – Pregunté, fingiendo alarma. Colocó las manos en mis caderas y colocó nuestras frentes juntas. Su era respiración igual de inestable que la mía.
— Desde que he descubierto que soy tuyo, completamente – Susurró contra mis labios. Notaba su respiración entrecortada y mi única reacción fue besarlo – Necesito verte fuera de aquí. ¿Esta semana podemos vernos? – Preguntó, con tono desesperado. Asentí con la cabeza incapaz de hacer otro movimiento.
— El miércoles, podrías pasarme a buscar por la universidad, es la Autónoma. Es fácil llegar, no tiene mucho misterio – Contesté, aún trastocada por sus palabras. ¿Cómo se lo hace para decir siempre lo correcto en el momento adecuado? No lo entiendo. Me derrito con sus palabras, y me fundo con sus caricias.
Hecho, el miércoles serás mía – Susurró aliviado. ¿Se esperaba un no por mi parte? Ahora mismo me sería imposible decirle que no. Suerte que no me ha ofrecido irme con él – ¿Dónde está el fotógrafo? – Preguntó, sacándome de mi mundo. Me encogí de hombros y me giré para entrar. Cuando di un paso, noté su mano coger la mía con fuerza – No te separes, no quiero perderte – Dijo, cuando me giré a mirarlo. Cogí sus manos y las coloqué en mi cintura, apretando mi espalda contra su pecho. Noté que su pecho descendía, como si hubiera estado sosteniendo un suspiro. Me necesita tanto como yo lo necesito a él, lo noto.
Entramos en la discoteca y vimos al fotógrafo haciendo fotos a las personas que se ponían en la barra. Nos colocamos al lado de un grupo de chicos que se estaban haciendo una foto. Cuando hubo acabado, le llamamos la atención y Alex colocó nuestras cabezas muy juntas. Sonreímos y nos cegamos por el flash.
— El lunes, cuando cuelguen las fotos, me etiquetaré y entonces podrás encontrarme – Dije, apoyando mi espalda en la barra y colocando el tacón de los zapatos en un tubo del suelo que estaba sujetado a la pared de la barra. Al subir en el tubo, fui un poco más alta que Alex. Aprovechó para abrazarme y colocar su cabeza en mi pecho. Me reí tontamente.
— De hecho, yo tengo que contarte algo… – Empezó a decir él, pero apareció Lil de repente.
— Ams, nos vamos. Te quiero en 5 minutos fuera – Soltó antes de irse de repente otra vez. Mierda, no quiero separarme de él. Miré el reloj, las 6 de la mañana. Lo miré triste y me respondió con la misma desesperación.
— Bájame, que no puedo, por favor – Le supliqué. Me rodeó con sus fuertes brazos y me levantó lo suficiente para que mis zapatos se desengancharan del tubo y estuve durante unos segundos en el aire. Rodeé su cuello con los brazos y lo besé con toda la desesperación que sentía en ese momento. Nos besamos durante lo que parecieron horas, miré mi reloj y vi que eran las 6:30. Mierda. Tengo que irme ya – Me tengo que ir, ya – Susurré contra sus labios. Nos dimos mil y un besos más intentando despedirnos y no podía separarme por nada del mundo. Rápido, como cuando te quitas una tirita. Me separé de él y lo besé profundamente antes de girarme.
— Te echaré de menos, mi príncipe Azul – Le grité mientras me alejaba. Esto es más doloroso de lo que me esperaba. Tengo el corazón peligrosamente acelerado, y no sé cómo calmarlo. En realidad sí lo sé, estando con él.
— Pero tengo que contarte una cosa – Gritó Alex a mis espaldas. No me giré, resistiendo a la tentación y salí fuera con la respiración entrecortada. Miré por toda la terraza durante 10 minutos pero no las vi en ningún lado. ¿Habrán entrado? Será mejor que mire dentro. He tardado mucho y seguramente se han cansado de esperar, no las culpo. Deben estar muy enfadadas. Al entrar de nuevo, no pude resistirme a buscarlo a él de nuevo. Es más probable que con tanta gente vea antes a dos locas bailando que no a un tío concreto. Así que mejor me lo saco de la cabeza y las busco a ellas.
Miré a través de la multitud y crucé por la mitad, miré a derecha e izquierda buscándolas. De repente, a mi izquierda en diagonal vi una camisa blanca. Es él. Lo reconocería a quilómetros, es su espalda. Es más grande de lo que me había dado cuenta. Caminé en esa dirección y coloqué mis manos en sus ojos intentando sorprenderlo. Se giró de repente y sus ojos increíbles me atravesaron, la sonrisa que se formó en su cara no tiene nombre. Di un paso, cerrando la distancia que nos separaba, y lo besé sin importarme sus amigos observándonos y riéndose.
— ¿Qué haces aquí? – Me preguntó con voz sexy y desesperada. Le sonreí.
— No las encuentro – Me quejé, mirando alrededor. Pensativo, me rodeó con sus brazos.
— ¿Ves? Es el destino, era más probable que las encontraras a ellas, que no a mí de nuevo. Estamos destinados – Susurró en mi oído, haciéndome reír – Yo te ayudaré a buscarlas – Añadió. Nos separamos de su grupo de amigos y nos dirigimos a buscarlas por la discoteca. Entonces se me ocurrió. Sea donde sea que estén, tienen que acabar yendo al guardarropa. Yo no puedo sacar mis cosas sin el comprobante que tiene Lil, así que tengo que esperarlas.
— Vamos al guardarropa, tienen que acabar yendo allí – Grité sobre la música. Asintió con la cabeza y allí nos dirigimos. No las vimos en la cola y se apoyó en la pared, al lado de la puerta del baño. Estábamos lo suficientemente cerca para verlas si aparecían. Me atrajo hacia él y empezó a besarme. ¿Cómo he podido encontrar a un hombre de 25 años tan perfecto? 25… Es un poco mayor, pero no demasiado. Nos llevamos 6 años, podría ser peor.
— Tienes suerte de que me gusten grandes – Le susurré mientras lo abrazaba. Se rio, claramente pillado por sorpresa por mi pregunta.
— Y tú de que me gusten jovencitas – Añadió, rozando su nariz con la mía. Sonreí ampliamente, antes de besarlo.
— ¡Aquí estás! Dios mío, llegué a pensar que no te veríamos más. Estabas desaparecida, te hemos buscado por todas partes – Gritó Lil con Alba a su lado, mirándome divertida. Me puse a reír, aliviada de encontrarlas.
— Salí fuera, pero no estabais así que volví a entrar, y como sabía que teníais que venir al guardarropa por fuerza, decidí esperaros aquí – Le contesté, riéndome. Apoyé mi espalda en el pecho de Alex cuando noté sus manos buscar mi cintura, como si no soportara pasar mucho rato apartado de mí. Suspiré entre sus brazos, sin querer apartarme nunca.
Nos colocamos en la cola para recoger nuestras cosas y Lil me tendió mi comprobante con mirada seria. Le puse ojos de cordero degollado y conseguí que se riera. Mientras esperábamos a que fuera nuestro turno Alex y yo nos besábamos, consiguiendo repetidas quejas por parte de Lil y Alba.
— ¿Tienes alguna otra debilidad? Aparte de la oreja y los ojos claros – Me susurró en el oído, Alex. Me giré para enfrentarlo y puse mis manos en su cuello, mirando su camisa.
— Que me llamen Princesa – Confesé, ruborizándome. Noté que me levantaba la cabeza con la mano y acunaba mi mejilla con la otra. Me acercó a él y me besó.
— Mi Princesa – Susurró contra mis labios, provocando que me estremeciera. Con su voz sexy ha hecho que mi adicción sea el doble de fuerte. Jadeé y lo besé aún más fuerte, mordiendo su labio inferior.
— Una pregunta – Levanté la cabeza de repente. Asintió rápidamente mientras enredaba sus manos en mi pelo – ¿Fumas? – Le pregunté cautelosa. No soporto que fumen, no me gusta nada. El olor queda siempre impregnado en la ropa, ¡Y en el pelo!
— No, no fumo y apenas bebo. ¿Tú fumas? – Me preguntó, ladeando la cabeza. Negué con la cabeza efusivamente, encantada con su respuesta.
— No, nunca he fumado y no creo que fume nunca. No lo soporto, me encanta que no fumes. No bebo, no puedo. Soy diabética – Canté, emocionada. De repente, oímos la canción que sonaba de fondo. Comentaba algo sobre la playa.
— ¿Te vendrías conmigo a la playa alguna vez? – Preguntó divertido. Hice una pequeña mueca con los labios y él abrió mucho los ojos.
— Por ti iría hasta el fin del mundo – Contesté, mirándolo fijamente a los ojos. Jadeó, sorprendido y me dio un beso pequeño en los labios y seguidamente me dio otro y otro.
Abrió la boca, como si fuera a decir algo, pero alguien le interrumpió.
— Ams, te toca, coge tu chaqueta que nos vamos – Me gritó al oído Lil.
— De acuerdo, de acuerdo, lo he entendido. No hacía falta que me dejaras sorda, gracias – Contesté, molesta. Miré de nuevo a Alex, que tenía una expresión de derrota en la cara. Le acaricié las mejillas cariñosamente.
— Te acompaño fuera – Me dijo, caballerosamente – Voy a echarte de menos, mucho – Susurró en mi oído mientras caminábamos a través de la masa de gente. Suspiré.
— Yo también, no te olvides de mí – Contesté sobre mi hombro.
— Mentirosa. Y es humanamente imposible olvidarse de ti, que lo sepas – Contestó, acercándome a él cuando nos acercamos a la salida hacia la terraza. Salimos fuera y me giré hacia la puerta de salida.
— Espera, tengo que decirte una cosa. Siento no habértelo contado antes, pero no he podido. He estado en estado de negación – Soltó de repente, girándome. Lo miré sorprendida. ¿De qué está hablando? Empecé a ponerme nerviosa, y cada segundo que pasaba era peor.
— Suéltalo, me estás poniendo nerviosa. ¿Qué me has estado ocultando? – Le pregunté cautelosa, insegura de lo que iba a responder. ¿Y si no quiero saberlo? A lo mejor es malo. No sé qué esperar. Ni siquiera me está mirando. Coloqué mis manos a ambos lados de su cara y lo besé – habla – Añadí, esta vez más seria, frunciendo el ceño. Respiró hondo y lo soltó.

— Vivo en Londres.

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