Sus brazos me rodearon en cuestión de
microsegundos y me sentí segura al instante. Después de la desagradable
sensación dejada por el moscardón, la suavidad de su abrazo era un soplo de
aire fresco. Con una mano me acariciaba la espalda, como si me estuviera
intentando calmar. Suerte que lo he
encontrado y me ha entendido. Sino no sé qué me podría haber hecho ese hombre.
Al menos no se ha acercado a mis amigas y por eso ya estoy satisfecha. Solté
un largo suspiro.
— ¿Estás bien? – Preguntó con tono preocupado
mientras colocaba una mano acunando mi mejilla y me acariciaba el pómulo con el
dedo pulgar, cariñosamente. Ladeé mi cabeza hacia su mano, disfrutando de la
sensación de hormigueo en la piel donde él me tocaba. Miré esos ojos claros,
los más bonitos que había visto nunca, que transparentaban a la perfección
todas las emociones que él experimentaba. Está
preocupado por mí, que tierno. Acabo de conocerlo y siento una conexión
innegable entre nosotros. Es como si… No, no voy a seguir el rollo de mi madre.
Es casualidad, nos hemos conocido por casualidad, no existe tal cosa como el
destino. El destino me lo construyo yo misma. No quiero creer que haga lo que
haga, todo está previamente planeado. ¿Entonces qué sentido tiene el hecho de
tomar decisiones? Mejor le contesto a la pregunta antes de que se preocupe más.
Pero, ¿Por qué tengo esta sensación de vacío si pienso en que se apartará de mí
una vez sepa que estoy bien?
— Estoy bien, gracias a ti. Ese moscardón
podría haberme raptado sin ningún problema – Suspiré, pero logré forzar una
sonrisa a la superficie para que no descubriera lo verdaderamente asustada que
estaba. La sensación de perder el control
de tal manera era escalofriante. Apenas podía moverme. Ante el recuerdo me
apreté más contra él.
— No entiendo qué hacías con ese hombre.
¿Puedes explicarme qué ha pasado? – Me miró directamente a los ojos, provocando
que notara mis piernas flaquear. Respiré hondo.
— Se acercó a mis amigas, y no iba a
permitirlo por nada del mundo. Así que hice lo que me pareció más razonable.
Preferí que me molestara a mí que a mis amigas, no hay más – Contesté,
perdiéndome en la profundidad de sus increíbles ojos.
— Ya veo, he encontrado a una chica noble que
se sacrifica por sus amigas, increíble. Quedan pocas como tú en el mundo, no te
me vas a escapar – Su sonrisa me devolvió toda la fuerza que creía haber
perdido y no pude evitar responder con una sonrisa igual de amplia. Parece que no va a irse en cuanto sepa que
estoy bien, quiero que se quede conmigo, siempre.
— Te ha costado acercarte a mí, ya era hora –
Solté con una risa mientras lo acusaba con la mirada. Me miró sorprendido y se
puso a reír.
— Lo que pasa, sabelotodo, es que me daba
vergüenza. Al principio no pensaba ni que me estuvieras mirando a mí, y luego
no entendía nada de lo que intentabas decirme – Contestó intentando defenderse,
yo simplemente me reí en respuesta. ¿Vergüenza?
¿He encontrado a uno de los pocos hombres que quedan que son de verdad tímidos?
Y no tiene pinta de creído, al contrario. Interesante.
— ¿No pensabas que te miraba a ti? Si lo
último que he hecho ha sido disimular – Agregué con una carcajada, totalmente
extasiada al encontrar al fin un hombre íntegro que valiera la pena conocer. Él
negó con la cabeza, cerrando ligeramente los ojos. Entonces pude ver su
mandíbula marcada como el límite de un acantilado, perfectamente moldeada. La
barba incipiente color rubio oscuro lo hacía más sexy de lo que seguramente él
se creía. Suspiré soñadoramente.
— ¿Cómo te llamas? – Me susurró en el oído,
rozando su barba en mi mejilla haciéndome cosquillas. Me reí. Ni siquiera nos habíamos dicho nuestros
nombres y estábamos hablando como si nos conociéramos de toda la vida. Lo que
más me gusta de él es el hecho de ser tan natural, no tengo que pensarme qué
decir o qué hacer cuando estoy a su alrededor.
— Amelia, ¿y tú? – Contesté en su oído,
rozando suavemente mis labios con su mejilla aparentemente sin querer. Sonreí
cuando reaccionó exactamente como quería que lo hiciera. Se giró hacia mí,
enfrentándome y mirándome de los ojos a los labios por turnos.
— Alex – Respondió entrecortadamente mientras
miraba fijamente mis labios. Yo miraba fijamente a los suyos, deliciosamente
carnosos, mientras me mordía el labio inferior, nerviosa. ¿Va a besarme? Si lo hace, me voy a deshacer.
Me dio un beso en la mejilla despacio, y
giramos la cara a la vez y el segundo beso nos lo dimos en la comisura de la
boca, noté la electricidad pasar a través de mis labios. Deseaba besarlo con
todas mis fuerzas y noté que el sentimiento era mutuo.
Apreté mi agarre en su cuello, colocando una
mano en su nuca. Entendió la señal y se acercó más a mí, poco a poco. Sonreí y,
cuando estaba a punto de cerrar los ojos, vi una sonrisa grande como el sol
formarse en su cara. Sus labios rozaron los míos con delicadeza y nuestros
cuerpos reaccionaron al unísono. Me apretó contra él con las manos
recorriéndome la espalda y yo le acaricié el pelo corto. Nuestras bocas
bailaban juntas, como lo hacían nuestros cuerpos, al ritmo de la música. Me
sentía en un hechizo, no podía apartarme de él. ¿Es correcto sentirme tan conectada con él si acabo de conocerlo? Nuestros
besos destilaban deseo y una confianza que parecía innata, daba la impresión de
ser algo real y no un rollo de una noche de discoteca. Solo espero que esto sea serio, a mí no me van los rollos de una noche.
— ¿Cuántos años tienes? – Preguntó con la
respiración desigual, apartándose un momento de mis labios. Pasé la lengua por
mis labios, notando el sabor de sus besos impregnado en ellos. No creo que pueda olvidar la sensación de
sus labios sobre los míos, nunca. Ni la suavidad de sus caricias o el brillo de
sus ojos.
— 19, ¿tú? – Contesté con un hilo de voz, resultado
de estar bajo los efectos de sus increíbles besos. Sonrió, claramente
sorprendido. No se esperaba ese número. Me miró con cara de preocupación.
— Pues yo tengo 32 – Contestó con una risa.
Negué con la cabeza apartándome de él al instante. Me tapé la boca con las
manos inconscientemente. Nononononono repetía
en mi cabeza. Se puso a reír y me acercó de nuevo a él con mirada tierna.
— Ven aquí, relájate, es broma. No tengo 32,
tengo 25 – Agregó, riéndose ante mi cara de susto. Me relajé al instante,
permitiéndole que me acercara a él de nuevo. Volví a colocar mis brazos en su
cuello y lo besé pasionalmente. Sus manos viajaron por mi cuerpo, gentilmente.
— Has hecho la broma para que cuando dijeras
tu verdadera edad no me asustara tanto, ¿verdad? – Lo miré, sospechando. Me
miró sorprendido de nuevo y se puso a reír.
— Chica lista, no hay muchas como tú la
verdad. En realidad, no hay ninguna como tú. Eres especial, ¿Lo sabías? – Me
miró durante unos segundos, como si fuera un gran trofeo y él supiera que tenía
que ganárselo. Su mirada contrastaba con la mirada del moscardón, porque ese me
miraba como si fuera un premio ganado y éste, como si supiera que no va a
conseguir que me enamore de él con poca cosa. Aunque podría pillarme por él ahora mismo, porque es bastante perfecto
hasta ahora.
Rocé mi nariz con la suya cariñosamente y nos
pusimos a reír al instante. Su risa era melódica y contagiosa, se colaba dentro
de mi sistema y me hacía temblar. Tengo un
nuevo sonido favorito.
— ¿Qué estudias? – Preguntó con sincera
curiosidad. Parece que quiere saberlo
todo de mí, pues yo también quiero saberlo todo de él. Me encanta que él dé el
primer paso siempre, es él el que hace las preguntas. Y lo más cómodo es que
nada es incómodo, es decir, nada está forzado, todo sale natural.
— Estoy estudiando una doble ingeniería,
Telecomunicaciones e Informática, estoy en mi primer año de universidad –
Contesté orgullosa, ganándome una mirada de admiración que subía la moral. Me encanta sorprenderlo, es tan fácil.
— Wow, esa no me la esperaba, ni mucho menos.
Yo soy cocinero – Respondió con un brillo especial en los ojos. Es guapo, poco creído, tímido, bueno
besando, trabaja, es cariñoso, ¿Qué más podría pedir? Es perfecto.
— Me encanta, podrás cocinar para mí
entonces, mmm sexy – Contesté emocionada, ganándome una risa despreocupada y de
nuevo, sorprendida, por su parte. Me
encanta ser imprevisible y dejarlo con la boca abierta, y ni siquiera me cuesta
trabajo, me sale natural. Estoy cómoda a su alrededor, puedo decir lo que me
pasa por la cabeza en cada momento sin preocuparme. Puedo ver que el mismo
efecto que tiene sobre mí, lo tengo yo sobre él. Simplemente lo sé, por la
forma en la que me mira, o cómo sus brazos acunan con cuidado mi cuerpo como si
fuera un bien muy preciado y pudiera romperme.
— Siempre que quiera mi señora – Dijo caballerosamente,
ganándose una risa sorprendida, ahora por mi parte. Ladeó la cabeza,
pensativamente, mientras me miraba con atención, claramente pensando en algo
más. Levanté las cejas en una pregunta silenciosa.
— Ams, ¿Crees en el destino? – Preguntó, tomándome
por sorpresa totalmente. Me gustó que creara su propio diminutivo de mi nombre
con tanta facilidad y naturalidad. No me
esperaba tal pregunta. Los chicos normalmente no dicen estas cosas, simplemente
si se lo pasan bien luego desaparecen para no comprometerse. Pero no sé por
qué, pero tengo la sensación de que él no es de ese estilo, él parece ser de
los que se comprometen. Pero tampoco debería hacerme demasiada ilusiones, ¿Y si
no sale bien? Pero… No puedo evitarlo, necesito conocer más sobre él.
— No realmente, pero me estás haciendo
cuestionarme todo lo que yo tenía interiorizado sin ningún problema. No me
gusta – Contesté al cabo de unos segundos, dejándole claro que me había pillado
con la guardia baja. Su sonrisa se incrementó con mi respuesta, claramente
satisfecho con ésta.
— Pues yo creo en el destino, y creo que ha
sido el destino el que nos ha unido – Soltó, mientras me acariciaba el brazo y
me daba un beso en el cuello. Me aparté instintivamente ante el roce de sus
labios cálidos en mi cuello, me causó escalofríos. Es mi puto débil, ha tardado poco en descubrirlo. Sonrió y lo
volvió a hacer, esa vez no me aparté sino que cerré los ojos y disfruté de la
sensación que me provocaba.
— Me quitas el aliento – Susurró en mi
cuello, haciéndome cosquillas. Me reí nerviosamente y le mordí el cuello,
dejando una marca.
— Tú me pones la piel de gallina – Susurré en
su cuello, consiguiendo un beso en el hombro.
Lo abracé, apretándome contra él. Me rodeó
más con los brazos y no me soltó, bailábamos a nuestro ritmo sin hacer caso de
la música que sonaba de fondo. De repente, soltó una risa espontánea. Me aparté
de él lo suficiente para observarlo y preguntarle con la mirada qué le hacía
tanta gracia.
— No se me da muy bien bailar, por lo que has
notado – Contestó a mi pregunta sin formular. Le sonreí y le di un pequeño beso
en los labios. Cuando me separé, me lo devolvió exactamente igual y yo hice lo
mismo. Nos pasamos un buen rato simplemente dándonos pequeños besos y sonriendo
como dos niños pequeños.
— No importa, yo tampoco me desenvuelvo del
todo bien en la pista de baile, así que tranquilo – Le dije con una sonrisa.
Negó con la cabeza repetidamente, indignado.
— Mentirosa, te he visto moverte con
naturalidad con tu increíble cuerpo y me has dejado tonto – Argumentó con tono
serio. Me puse a reír y le di un suave golpe en el hombro.
— Exagerado… – Respondí, mirando hacia otra
parte sonrojándome. Con una mano me cogió de la barbilla y me acercó a él de
nuevo. Negando con la cabeza, se acercó a mis labios para besarlos de nuevo.
Sus besos me tenían en otra parte, estaba en el cielo. Sonriendo, le mordí el
labio inferior juguetonamente.
— Que mala eres… – Soltó riéndose. Sonreí como hacía muchísimo que no
hacía. Él saca la niña dentro de mí, pero
también la parte más madura de mí misma. Es como si realzara mi personalidad y
se deleitara de lo que descubre.
— No lo sabes tú bien – Susurré en su oído
seductoramente.
— Ahora eres tú quien me provoca piel de
gallina – Contestó con una sonrisa que podía iluminar una sala entera.
Me lo quedé mirando fijamente, con las manos
acunando sus mejillas, rozando su barba con los dedos pulgares. Es perfecto, ¿Cómo he tenido tanta suerte de
encontrármelo?
— ¿Qué ha sido lo primero que te ha llamado
la atención de mí? – Preguntó sacándome de mi mundo. Sonreí y le miré fijamente
esos ojos que tenía algún tipo de poder sobre mí.
— Tus ojos, sin duda alguna – Contesté sin
necesidad de pensármelo, estaba clarísimo. Me miró extrañado – Tengo debilidad
por los ojos claros, no sé realmente por qué. Pero ahora veo que tengo
debilidad por ti, sobre todo lo demás – Añadí encogiéndome de hombros,
pestañeando más de lo necesario para aparentar inocencia. Se puso a reír y me
dio un beso profundo que me provocó un flaqueo en las piernas. Tuve que apretar
más el agarre de su cuello para mantenerme de pie.
— ¿Y a ti? ¿Qué te llamó la atención de mí? –
Pregunté al cabo de unos minutos, ya que con el beso casi se me olvidó de qué
estábamos hablando. Realmente, con ese beso se me olvidó incluso mi propio
nombre. Podría besarlo para siempre,
sería feliz entre sus brazos.
— Tu sonrisa, es increíble – Me miró
soñadoramente y lo besé pasionalmente. Este
hombre me tiene completamente loca. ¡Y lo acabo de conocer! Pero parece como si
ya nos conociéramos de toda la vida, y eso es imposible porque nunca me hubiera
olvidado de esos ojos tan increíbles.
— ¿Puedo tener tu Facebook? Así podremos hablar
después de hoy, o te podrías venir conmigo – Preguntó con los ojos brillantes
de emoción. No hay nada más emocionante
que la esperanza de un nuevo amor. Negué con la cabeza y me miró
sorprendido, moviendo la cabeza ligeramente hacia atrás.
— Si quieres mi Facebook, tendrás que hacerte
una foto conmigo con el fotógrafo oficial de la discoteca y cuando me etiquete
el lunes, me tendrás. Y por lo de irme contigo, va a ser que no. Me quedo a
dormir en casa de una amiga, lo siento – Solté, orgullosa. No voy a ponérselo tan fácil, ya lo ha tenido demasiado fácil hasta
ahora. Me miró sorprendido y confuso. Me reí sola mientras procesaba la información
recién incorporada – No te lo voy a poner tan fácil, aparte, si te doy mi
nombre no va a ser tan fácil encontrarme, hay mucha gente con el mismo nombre –
Expliqué intentando parecer inocente para que no pensara que le estaba poniendo
obstáculos porque no quería nada con él. Se
lo estoy poniendo difícil porque quiero que se lo tome enserio, quiero que vaya
a por todas. Si se lo doy en bandeja, primero, no lo valorará y segundo, se
cansará rápidamente. Porque lo que fácil viene, fácil se va. Me miró fijamente
durante unos segundos, como si se encontrara en trance.
— Y ¿Dónde está el fotógrafo? – Preguntó de
repente, mirando por encima de nuestras cabezas. Una carcajada se escapó de mis
labios mientras buscaba entre la multitud.
— No lo veo, a lo mejor deberíamos movernos a
ver si lo encontramos – Contesté pensativa, mientras observaba la multitud con
los ojos muy abiertos.
— De acuerdo, pero antes… – Me susurró al
oído. Curiosa me giré hacia él, y sin darme tiempo de responder colocó sus dos
manos en mi cuello y me dio el beso de mi vida. Puse mis manos a ambos lados de
su cintura, apretándolo contra mí. Cogí la tela de su camisa y la arrugué entre
mis dedos mientras nuestras bocas iban por su propio camino provocando
sensaciones de frío y calor por todo mi cuerpo. Su mano se enredó entre mi pelo
y yo me abracé a su cintura, sonriendo. Noté su sonrisa a través de nuestros
besos y fue mágico.
Nos soltamos al cabo de unos minutos que
parecieron horas. Estábamos respirando entrecortadamente, como si el beso
hubiera absorbido toda la energía de nuestro cuerpo. Me giré para ir en busca
del fotógrafo desaparecido, pero antes de que me diera tiempo de dar siquiera
un paso noté sus cálidas manos buscarse camino a través de mi cintura. Me apoyé
en su pecho y entrelacé nuestras manos, él en respuesta me abrazó aún más y
apoyó la barbilla en mi hombro. Di un paso y nos escurrímos entre la multitud
buscando una persona en particular, pero no aparecía por ninguna parte. De
repente, alguien me empujó y me fui hacia delante perdiendo el roce de sus
manos.
Antes de que pudiera caerme, me cogió y me
apretó contra él más fuerte que nunca. Con el corazón en la boca me apreté
contra él, cogiendo sus manos y apretándolas aún más alrededor de mi cintura.
— Yo te protejo, preciosa – Me susurró,
provocándome escalofríos.
— Qué suerte, tengo un Príncipe para mí sola –
Le susurré de vuelta, mordiéndole el cuello.
— Deja de morderme, que mañana tengo una boda
– Soltó una risita, pero no intentó separarme de él en ningún momento. Lo miré
a los ojos.
— Pues te pones bufanda – Solté, dejándolo
con la boca abierta. Nos pusimos a reír y me dio besos por el cuello, el
hombro, la mandíbula, acabando en mis labios. Me separé, dejándolo con las
ganas y me giré de nuevo para seguir con nuestra búsqueda.
Caminando de nuevo a través de la multitud,
apreté sus brazos a mí alrededor enganchando nuestros cuerpos lo máximo
posible.
— No me sueltes – Le dije sobre mi hombro,
acariciando nuestras manos entrelazadas. Él apretó su agarre y apoyó su
barbilla en mi hombro.
— Nunca – Contestó alto y claro. Sonriendo,
giré la cabeza hacia él y le di un pequeño pero tierno beso. No fue suficiente
para saciar las ganas que teníamos el uno del otro, así que me giró con un
movimiento fluido y me besó de nuevo. Disfruté del toque de sus labios y de sus
manos por mi cuerpo. Me hace sentir
totalmente deseable y preciosa, nunca me había sentido así antes. Me encanta.
— Eres preciosa – Susurró sobre mis labios,
haciéndome temblar. Negué con la cabeza y le mordí.
— Eres muy exagerado, y muy guapo, por cierto
– Le contesté, mirándolo fijamente a los ojos.
— Ui que mentirosa… – Respondió, besándome
una y otra vez.
Me separé y volví a buscar al fotógrafo. ¿Cómo puede haber desaparecido de tal
manera? Si antes lo hemos visto Lil, Alba y yo.
— No lo veo, parece que no vas a tener mi Facebook
después de todo – Canturreé juguetona mientras apoyaba mis codos en sus
hombros, así podía jugar con su pelo con las manos.
— Ni hablar, voy a encontrar a ese maldito
fotógrafo, no hay más que hablar – Dijo totalmente serio, consiguiendo una
carcajada de mi parte. Cogió mi mano, entrelazó nuestros dedos y nos dirigimos
entre la multitud de nuevo. Pasamos a través de la barra, nada. Miramos en el
piso de arriba, nada. Suspiró. Me giré hacia él y lo miré. ¿Cómo puede ser tan guapo y no saberlo? Me encanta la manera en la que
me mira, como si no hubiera otra persona en la sala, cuando en la sala no cabe
ni un alfiler. Sonreí para mí misma.
— ¿No puedes sacar tu teléfono y agregarme a
mí? – Preguntó con ojos suplicantes. Me puse a reír ante el panorama delante de
mí. Parece un cachorro abandonado
pidiendo que lo adopten.
— No me he traído el móvil – Dije sonriendo,
mientras negaba con la cabeza. Me miró con los ojos entrecerrados y me señalé
las caderas - ¿Tú crees que hay espacio para un móvil aquí? – Añadí riéndome
ante su cara de derrota.
Me apartó de la multitud y encontramos una columna,
solo verla me apoyó contra ella y empezó a besarme de nuevo. Una sonrisa grande
como el mundo entero se formó en mi cara y se le contagió. Se separó y me miró
como si me viera por primera vez, mordiéndose el labio inferior. Negó con la
cabeza incrédulo. Yo tampoco me creo que
esté pasando de verdad, parece un sueño. Un sueño del que no quiero despertar
nunca.
— ¿Viniste aquí pensando que conocerías el
amor de tu vida? – Preguntó de repente, cogiéndome totalmente desprevenida. No me esperaba tal pregunta. No me esperaba encontrar
al hombre perfecto en una discoteca, y menos la primera vez que vengo.
— Exagerando de nuevo, por lo que veo –
Contesté mientras le daba un beso y otro y otro. Empiezo a tener mucho calor. La multitud, el hechizo de Alex sobre mí y
todos sus besos y caricias son un cóctel Molotov. Respiré entrecortadamente.
— No exagero ni una pizca – Contestó entre
beso y beso. Apreté mi agarre en su cuello, haciéndolo mío.
— Me arden los labios… – Solté mientras lo
abrazaba. Los noto hinchados y al rojo
vivo. La sensación de sus labios sobre los míos me va a perseguir por el resto
de mi vida, estoy segura. Nunca había sentido algo así cuando alguien me besa,
todo lo demás desaparece y solo estamos nosotros dos y nuestras caricias.
— Si solo ardieran los labios… – Contestó,
haciéndome reír. Este hombre tiene que
hacer bien poco para conseguirme, ya me tiene completamente sin saberlo
realmente.